Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.
Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.
Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.
Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.
¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron,
dónde los fuertes muros que allanaron,
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?
El presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj. El año
no es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.
No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo. Un canto que atravieso coma un túnel. Presencias inquietantes, gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las alude, signos que insinúan terrores insolubles. Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan, y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos, aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesón de mi terreno baldío, no, . . . he de hacer algo, ...no, . . . no he de hacer nada, algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella. En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos. No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes. ¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado. Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando cuentos de álamos nevados? Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que hiciste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.) Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas. (Y me dijo: Escribe; porque estas pakzbras son fieles y verdaderas. )
(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto...) Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero). Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar. No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más. Cuando el barco alteró su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un Jardín. Hay un jardín.
Es una oleografía sin remedio. La miro sin saber si veo. En el escaparate están
otras y aquélla. Está en el centro del escaparate en el punto que me impide la
visión de la escalera139.
Ella estrecha a la primavera contra el seno y los ojos con que me mira son
tristes. Sonríe con brillo del papel y los colores de su faz son encarnado. El cielo por
detrás de ella es azul de tela clara. Tiene una boca perfilada y casi pequeña sobre
cuya expresión postal los ojos me miran siempre con una gran pena. El brazo que
sostiene las flores me recuerda al de alguien. El vestido o blusa está abierto en un
escote ladeado. Los ojos son realmente tristes: me miran desde el fondo de la
realidad litográfica con una verdad cualquiera. Ha llegado con la primavera. Sus
ojos tristes son grandes, pero no es por eso. Me separo de enfrente del escaparate
con una gran violencia encima de los pies. Atravieso la calle y me vuelvo con una
rebelión impotente. Ella sostiene aún la primavera que le han dado y sus ojos son
tristes como lo que yo no tengo en la vida. Vista a distancia, la oleografía acaba por
tener más colores. La figura tiene una cinta de color de más rosa rodeándole lo alto
del cabello; no me había fijado. Hay en unos ojos humanos, aunque litográficos,
algo terrible: el aviso inevitable de la conciencia, el grito clandestino de haber alma.
Con un gran esfuerzo, me levanto del sueño en que me mojo y sacudo, como un
perro, las humedades de la tiniebla de bruma. Y por cima de mi despertar, en una
despedida de otra cosa cualquiera, los ojos tristes de la vida toda, desde esta
oleografía que contemplamos a distancia, me miran como si yo supiese de Dios. El
grabado tiene un calendario en la base. Está enmarcado, por arriba y por abajo, por
dos listones negros de una convexidad pintada malamente. Entre lo alto y lo bajo
de lo suyo definitivo, por sobre 1929 con viñeta obsoletamente caligráfica que
cubre el inevitable primero de Enero, los ojos tristes me sonríen irónicamente.
Es curioso de dónde, al final, conocía yo la figura. En la oficina hay, en el
rincón del fondo, un calendario idéntico que he visto muchas veces. Pero debido a
un misterio, oleográfico o mío, la idéntica de la oficina no tiene ojos de pena. Es
sólo una oleografía. (Es de un papel que brilla y que duerme por cima de la cabeza
del Alves zurdo su vivir de esbatimento.)
enfermedad súbita en el alma. No tengo fuerzas para rebelarme contra este absurdo. ¿A qué ventana hacia qué secreto de Dios me arrimaría yo sin querer? ¿Para dónde da el escaparate del vano de la escalera? ¿Qué ojos me miraban en la oleografía? Estoy casi temblando. Alzo involuntariamente los ojos hacia el rincón distante de la oficina donde está la verdadera oleografía. Estoy elevando los ojos hacia ella constantemente.
Esto que retrocede
se acercará a nosotros
al otro lado del día.
Otoño: una sola hoja
comida por la luz: y la verde
y fija mirada del verde
sobre nosotros.
Allí, tierra sin fin,
allí
también nosotros
seremos esa luz,
incluso mientras la luz
muere
en la silueta de una hoja.
Mirada sorprendida
en el hambre del día.
Donde nunca hemos estado
estaremos. Un árbol
echará raíces en nosotros
y se alzará en la luz
de nuestras bocas.
El día se erguirá ante nosotros.
El día nos seguirá
hasta el día.