lunes, 14 de mayo de 2012

Soneto a mi madre


                   «Maternidad», Olga Blinder

Guardo en mí  las palabras que me diste,
las que obran en mi ser frente a la vida.
Es tanto, madre mía,  lo que me instruiste,
que derrocho  tus valores en  gran medida.

Abrazo la enseñanza que en mi estableciste,
y me erijo como una torre endurecida.
Sé que el amor que en ti siempre subsiste,
afinará mis ideales y cerrará cada herida.

Sobre ti desparramo una unción de amor,
que sobreabunde en tu pecho y te dé paz,
para revitalizar tus días y para alabanzas dar.

Extiendo mis brazos y te ofrezco mi calor,
esta ternura que vuelve a su seno más vivaz,
para enaltecer tu vida y  amarla sin cesar.

Daily   Jara 
15 de Mayo de 2012


sábado, 12 de mayo de 2012

Cómo decir de pronto


          «Manos», óleo de José Enrique González

Cómo decir de pronto:
tómame entre las manos,
No me dejes caer. Te necesito:
acepta este milagro,
tenemos que aprender a no asombrarnos
de habernos encontrado,
de que la vida pueda estar de pronto
en el silencio o la mirada.
Tenemos que aprender a ser felices,
a no extrañarnos
de tener algo nuestro.
Tenemos que aprender a no temernos
y a no asustarnos
y a estar seguros.
y a no causarnos daño. 

Julia Prilutzky

miércoles, 9 de mayo de 2012

Recuerdos


 «Observador desapegado», óleo de Norma Riveros

¿A quién dirijo mi poema si no estás en el eco de mi voz??

 Es noche de teñidas albas.
El silbo del zorzal atraviesa
la primera reverencia..

La isla,
muestra sus criptas al oleaje
y en la capa vegetal
se incrustan amorosos besos.

Todo es silencio en Aurora.
Todo es perfil de sombras,
mas propio alza el viento tu voz.

Tu voz,
que con estigma de ángeles revela
y susurra los Salmos del Corintios.

Detrás,
la muerte con espejos tuyos
asigna fulgores adonde algún querubín
te nombra enloquecido.

Silvia Aida Catalán

viernes, 4 de mayo de 2012

El ciego amor no sabe de distancias...

       Óleo de Yolanda Chiarenza`a

El ciego amor no sabe de distancias
y, sin embargo, el corazón desierto
todo su espacio para mucho olvido
le da lugar para perderse a solas
entre cielos abismos y horizontes.
Cuando me quieres, al mirarme adentro,
mientras la sangre nuestra se confunde,
una redonda lejanía profunda
hace posible nuevas ilusiones.
Ser tuyo es renacerme porque logras
borrar, hundir, que se retiren todos
los espejos, los muros de mi alma.
Blancura del amor. Con cuánto fuego
se anunció tu presencia. Tengo ahora
la luz de aquel incendio y un vacío
donde esperar, donde temer tu vida.

Manuel Altolaguirre
 

Se ha muerto la tiniebla en mis pupilas


          «Mujer», óleo de Paula Bladimirsquy

Se ha muerto la tiniebla en mis pupilas,
desde que hallé tu corazón
en la ventana de mi rostro enfermo.

¡Oh pájaro de amor,
que trinas hondo, como un clarín total y solitario,
en la voz de mi pecho!
No hay abandono...
ni habrá miedo jamás en mi sonrisa.

¡Oh pájaro de amor,
que vas nadando cielo en mi tristeza...!
Más allá de tus ojos
mis crepúsculos sueñan con bañarse en tus luces...

¿Es azul el misterio?

Asomada en mí misma contemplando mi rescate,
que me vuelve a la vida en tu destello...

Julia de Burgos

martes, 1 de mayo de 2012

Elefante encadenado

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: –Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez... Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad... condicionados por el recuerdo de «no puedo»... Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón...

Jorge Bucay 


       


Silencio

No digas nada, no preguntes nada.
Cuando quieras hablar, quédate mudo:
que un silencio sin fin sea tu escudo
y al mismo tiempo tu perfecta espada.

No llames si la puerta está cerrada,
no llores si el dolor es más agudo,
no cantes si el camino es menos rudo,
no interrogues sino con la mirada.

Y en la calma profunda y transparente
que poco a poco y silenciosamente
inundará tu pecho de este modo,

sentirás el latido enamorado
con que tu corazón recuperado
te irá diciendo todo, todo, todo.
  
Francisco Luis Bernárdez

         «Paisaje», óleo de Teo Revilla Bravo